La soledad era tan aplastante que se asfixiaba. Se sentía aprisionada en ese lujoso ático, –situado en la zona céntrica de la ciudad–, que poco a poco se convirtió en su cárcel particular, cortándole las alas y oprimiendo su libertad. Aún no habían pasado ni treinta otoños desde que su madre la trajo al mundo, pero era el tiempo suficiente que había necesitado para estudiar, conseguir un buen trabajo e independizarse. Sin embargo, a su corta vida le faltaba algo: la última pieza del rompecabezas. Se sentó en la silla del comedor, enfrente de la mesa, contemplando la luna en su máximo esplendor por el vano de la puerta abierta que daba al balcón. Frunció el ceño. Por más que se estrujaba los sesos no era capaz de encontrar la pieza que le faltaba a su vida. Tenía todo lo necesario para ser feliz, pero aún así había algo que se lo impedía. Un agujero negro demasiado grande en lo más profundo de su ser. Se dirigió a la cocina, dispuesta a beber un trago de agua para que se le desa...