Llegó a casa cansada y bastante tensa después de un día demasiado largo. Cerró la puerta con llave y dejó el bolso encima de la mesa del comedor. Se encontró a su marido durmiendo en el sillón, abrazado a una botella vacía de whisky y con la baba colgando. Tragó saliva, intentando deshacer el nudo que oprimía su garganta. Había vuelto a ocurrir. Otra vez. Se despojó de los zapatos de tacón para no hacer ruido y caminó hacia él, con lentitud. Le quitó la botella de entre las manos y la dejó sobre la mesa. Cuando se giró ya era demasiado tarde: la pesadilla volvía a repetirse. – ¿De dónde vienes a estas horas? –preguntó él, limpiándose con la manga de la camisa la baba que descendía por su barbilla. – Del trabajo –le tembló la voz. Su marido se levantó del sillón y se acercó cuidadosamente a ella, tambaleándose de un lado a otro, aún bajo los efectos del alcohol. – Eres una mentirosa. Abrió la boca para protestar, pero un puñetazo en la mandíbula le silenció, haciendo q...