La hierba estaba fría, podía notarlo. Sus pies descalzos se humedecían con las pequeñas gotas de rocío que brillaban bajo el cielo estrellado. Alzó la vista para contemplar la calma que reinaba aquella noche sobre su jardín y descubrió que ninguna nube oscura amenazaba con ocultar la luna llena. Sonrió sin saber porqué, percibiendo cómo su estómago se agitaba en su interior. Dirigió su mirada hacia el lindero del bosque, que comenzaba justo donde el jardín tocaba a su fin. Tenía una sensación extraña. Algo en su interior la impulsaba a saltarse las normas y perderse entre los árboles, ignorando las advertencias de sus seres más allegados. Se mordió el labio inferior, dubitativa. A pesar de que su casa era la más alejada de la villa nunca le había pasado nada. Las leyendas que los pueblerinos se empeñaban en inculcarle no eran más que eso; leyendas. Simples mitos para apaciguar a la gente, para hacerla débil frente a un miedo irracional e inexplicable. Su corazón empezó a bomb...