La lluvia golpeaba los cristales con una delicadeza constante, creando una melodía acorde a su estado de ánimo. Las nubes plomizas difuminaban el cielo al otro lado de la ventana, en una escala de grises funesta. —¿Sally? Giró el rostro al escuchar su nombre. Robert la observaba desde su sillón con el ceño fruncido. Leyó cierta preocupación en esa débil arruga que se había formado entre sus cejas. —¿Me has escuchado? Sally esquivó sus ojos y desvió la mirada hacia el suelo. Parpadeó repetidas veces, despacio. Separó los labios para formular una disculpa, pero sólo pudo tragar saliva en un intento por deshacer el nudo que oprimía su garganta. Robert inspiró hondo. Sally se removió en su sillón. —Si pudieras pedir un deseo… —empezó él, tranquilo—, ¿qué sería? Sintió una punzada en el corazón, clavó la vista en el bloc de notas que Robert custodiaba en su regazo. Si pudieras pedir un deseo, ¿qué sería? ¿Qué sería? Giró el rostro de nuevo hacia la ventana. La lluvia no...