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Una muerte injusta.

Hola, lectores. En esta entrada no voy a poner ningún relato, simplemente es para comunicaros que he participado en un concurso literario que organiza Fnac. Había que presentar un microrrelato donde se narrara cómo fue “nuestra experiencia en el Titanic”. Si tenéis curiosidad y queréis leerlo, aquí lo tenéis: http://factoria.fnac.es/concursos/microrrelatos-titanic/una-muerte-injusta Si os ha gustado, os rogaría que votaseis mi relato. Creo que para poder votadlo tenéis que registraros primero, pero es muy sencillo y no cuesta nada; sería un detalle para mí. Las votaciones finalizan el 25 de abril del 2012. Gracias. :) Sun.

Como una pluma.

Despegué los párpados lentamente cuando algo me rozó la mejilla con suavidad en una caricia que se me antojó increíblemente tierna. Tardé varios segundos en conseguir que mis pupilas se acostumbrasen a la oscuridad nocturna que poblaba la habitación. No obstante, una vez me hube aclimatado a la penumbra pude descifrar su silueta difuminada sentada a horcajadas sobre mi cadera. Fruncí el ceño, un tanto confundido. Habría jurado que permanecía dormida junto a mí, respirando pausadamente en un sueño tranquilo. Intenté seguir el hilo de mis pensamientos, pero se inclinó sobre mi tórax y estiró levemente el cuello para atrapar mis labios en un beso delicado que me dejó la mente completamente en blanco. Mi corazón empezó a latir con fuerza cuando me percaté de que estaba desnuda, detonante que me provocó una erección imposible de disimular. Cerré los ojos con fuerza y respiré profundamente, consciente de la gravedad de la situación. Mi mente se convirtió en un afluente de ideas, repro...

Soy un bruto, un cromañón y un completo gilipollas.

–¿Qué, qué? –Yanko me miraba con los ojos como platos, anonadado, mientras que en sus labios empezaba a vislumbrarse una sonrisa cómplice.– ¿Vas en serio? Héctor le pegó un puñetazo al capó de su coche, fuera de sí. –¡Joder, Sun! –vociferó.– ¡Te lo dije! ¡Te dije que ese maldito pelirrojo no era de fiar! Le miré asustada. Cuando se ponía en plan energúmeno daba verdadero miedo. –No ha sido para tanto. –intenté quitarle importancia de algún modo.– Le estás dando un significado incorrecto a sus actos. –¿¡Un significado incorrecto!? –el rubio se quedó boquiabierto.– ¿¡Es así como llamas a que te sujete y te acaricie en contra de tu voluntad!? Ahora fui yo la que se quedó sin palabras. Dicho de esa forma parecía un acto sucio y despreciable. Se me revolvieron las tripas. –No hables de él como si fuera un depravado. –espeté, indignada.– No fue así como ocurrió y lo sabes de sobra. Me sujetó la mano y me la acarició. La mano, no mi anatomía íntima. ¿Dónde está el problema? –...

Como el color de mis ojos.

Se aferró con fuerza a los barrotes que formaban la desvencijada puerta del cementerio y colocó el pie derecho en uno horizontal para poder escalarla y pasar al otro lado. Sus dos amigas llegaron hasta allí cubiertas por una fina capa de sudor, exhaustas después de una larga carrera, con el cabello pegado a la cara y respirando entrecortadamente. –¡Eh, Violet! –la llamó una de ellas–. ¿Qué coño estás haciendo? La muchacha sonrió con picardía, estirando sus labios carnosos y mostrando unos dientes pequeños y perlados. –¿No tenéis curiosidad por saber cómo es el cementerio de noche? –les guiñó un ojo y comenzó a escalar por la puerta de hierro. –Pues es exactamente igual que cuando es de día, pero sin luz solar –explicó una, intentando que entrase en razón. –Y mucho más tétrico –añadió la otra, contemplando angustiada como la joven llegaba a lo más alto de la puerta y pasaba una pierna al otro lado. –Por eso mismo –su sonrisa se hizo más amplia–. Será una nueva experienci...

Sólo tienes que acostumbrarte.

[...] –¿Es así como ves tu vida? –pregunté, metiendo el dedo en la yaga.– ¿Como una mierda? Mi reacción la dejó perpleja, sin palabras. Tampoco me hacía falta una respuesta, puesto que sabía de sobra que veía las cosas desde el pesimismo más radical. Suspiré, anotándome mentalmente que tendría que hacerle cambiar la forma de pensar sobre sí misma, cosa que iba a costarme un soberano esfuerzo y mucho trabajo duro. Deposité el dibujo sobre la mesa y entrelacé los dedos, observándola detenidamente. –Tu vida no está tan mal, Sun. No me miraba, y había perdido el brillo de humor que tenía anteriormente. Se limitó a soltar un pequeño bufido cargado de sarcasmo. –¿No me crees? –me incliné un poco sobre la mesa.– Apuesto a que tus amigos te quieren más de lo que imaginas. Sobre todo Héctor. Alzó rápidamente la vista para observarme desconcertada, con el ceño fruncido, sin saber a qué venía lo último que le había dicho. Comprobé que mis palabras surtieron el efecto deseado. La escr...

Una horrible pesadilla.

Llegué a un claro del bosque después de llevar un buen rato caminado. No iba sola; seis chicas me acompañaban, cada una más guapa que la anterior. Algo se movió detrás de un arbusto, haciendo zarandear sus hojas de manera ruidosa. Nos quedamos paralizadas, esperando, con el corazón en un puño. Un par de hombres salieron de su escondite, armados con pistolas y con una sonrisa sádica que helaba la sangre. Eran ellos. Otra vez. El cabecilla y su cómplice. Ambos deformes. Me entró pánico y eché a correr como una exhalación, terriblemente asustada. Las chicas me imitaron, conscientes del peligro y ellos hicieron lo mismo. Nos perseguían. Eran rápidos, pero, afortunadamente, yo lo era más. No tardé en escuchar varios disparos, coreados por gritos agudos. Nos estaban cazando una a una. Me giré durante una fracción de segundo y comprobé que sólo quedaban tres chicas corriendo detrás de mí. Intenté que permaneciérmamos juntas, pero acabaron por separarse y perderse entre los árboles, deján...

Entre un bonito sueño y una horrible pesadilla.

El otoño había anidado en mi corazón, tiñéndolo de ocre y tierra e impregnando su textura con gotas de lluvia polvorientas. Cerré la ventana del dormitorio, consciente de que el frío había calado hasta mis huesos mientras dejaba escapar un suspiro, que salió entrecortado de mi garganta. Estaba nerviosa. Caminé hacia el comedor, decidida. Sentía que tenía que hacerlo , y allí estaba él, sentado en el sofá, leyendo un libro. Tragué saliva inconscientemente, notando como mi corazón se descontrolaba. Llevaba varios meses viviendo con él y me dolía. Me dolía verle todos los días, a todas horas. Estar a su lado y no poder acariciarle. Era insoportable aspirar su perfume sin que se diera cuenta, o contemplarle de reojo por miedo a encontrarme un rotundo rechazo si nuestras miradas se cruzaban. Pero tenía que hacerlo . Intentarlo, al menos. Me senté a su lado y me quedé mirando a la nada, esperando a que dijera algo. Señalizó la página en la que se encontraba y cerró el libro, depositán...