Partió a altas horas de la noche, cuando la oscuridad lo cubría todo bajo un manto de nubes. Beth recogió sus escasas pertenencias y las guardó en su mochila antes de salir del refugio. Si había una posibilidad de sobrevivir lejos del alcance de las explosiones, estaba dispuesta a intentarlo. Anduvo por la ciudad con el corazón en un puño, pegada a las fachadas de los edificios que todavía permanecían en pie. Apenas lograba orientarse entre tanta penumbra, pero tenía miedo de encender el mechero y que aquello desvelase su posición. Entornó los ojos, tratando de ver el mapa en la oscuridad mientras seguía el camino que creía correcto. Estaba prácticamente segura de que la Zona Siete existía. Eran muchos quienes lo comentaban. Al principio no eran más que meras habladurías, pero los escasos refugiados que mantenían contacto con el exterior plantaron la simiente, que creció tan alto como una planta enredadera. Se detuvo en seco cuando escuchó el ruido de un helicóptero. Contuvo la ...