La luz amarillenta del alba atravesaba los cortinajes con suavidad, inundando la habitación con las tonalidades doradas propias de una reina. Ellie contuvo la respiración mientras vertía en la bañera otro cántaro de leche de burra. Observó a su señora de soslayo: Aretha cerró los ojos cuando el chorro se mezcló con el resto del contenido. La escuchó suspirar mientras inclinaba la cabeza, apoyándola contra el borde de la bañera de oro. —Enjabóname, Ellie —murmuró la orden sin apenas despegar los labios. La aludida tardó unos instantes en reaccionar. Era la primera vez que tenía el honor de prepararle el baño, tarea encomendada a sus sirvientas más fieles. Tomó una gran bocanada de aire, alcanzó la suave esponja del cuenco que había en el suelo y la sumergió en la leche. Cuando absorbió todo el líquido que podía albergar la alzó con cuidado para deslizarla suavemente por su hombro. Al instante las gotas adornaron su piel de ébano con una tonalidad azulada. El aire se escapó de s...