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Sever & Synne: segunda parte.

Lucan había sido amable, pero su compañía la incomodaba. Era un maestro adulador y su afán por intentar llegar hasta ella era demasiado persistente. Además, el hecho de que tratase a todas las damas de la misma forma era algo que la irritaba sobremanera. No, no estaba hecho para ella. O al menos la pequeña Synne no tenía el más mínimo interés en él. Era capaz de ver su atractivo; de hecho, comprendía hasta cierto punto que el resto de muchachas –y no tan muchachas– suspirasen cada vez que pasaba junto a ellas, pero su cabeza estaba hueca. Vacía. Su conversación se limitaba a unos cuantos piropos y a otros tantos alardes que no llevaban a ninguna parte. Ella quería historias . Las quería. Las buscaba y anhelaba con todo su ser vivir una. Por eso leía tanto. Por eso prefería permanecer cobijada bajo las ramas de un árbol sumergida en una, que pasear con ese muchacho a la merced del hastío de una mala conversación. Alzó la vista de las letras al escuchar unos pasos pesados aprox...

Sever & Synne: primera parte.

Los rayos del sol traspasaban las copas de los árboles débilmente, acariciando su piel con delicadeza mientras dejaban a su paso cierta calidez gratificante. La corteza del tronco torturaba sus vértebras, pero merecía la pena esa pequeña molestia sólo por el placer de poder cobijarse bajo su sombra mientras leía el viejo volumen que había cogido prestado de la biblioteca. De hecho, estaba tan inmersa en su lectura que había logrado evadirse completamente de la realidad. *** El calor del mediodía abrasaba su armadura como si de un horno se tratase. Llevaba varias horas de pie, haciendo su guardia y, a pesar de que tenía permiso para retirarse a descansar, su testarudez le obligaba a seguir bajo el sol, vigilándola a una distancia prudencial. La seriedad era su máscara. Solía apretar los dientes y tensar los músculos de la mandíbula sin apenas percatarse. No obstante, un amago de sonrisa afloró en su interior cuando la joven estiró las piernas sobre la hierba, dejando al de...

Mirlo.

La veía difusa. Su cuerpo se difuminaba con los tonos anaranjados del ocaso mientras el aire del mar revolvía su pelo lacio. Mascullé una maldición con la mandíbula apretada cuando lanzó mis lentes al océano con tanto ímpetu que estuvo a punto de perder el equilibrio y caer por el acantilado. –¿¡Se puede saber por qué has hecho eso!? –increpé, intentando llegar torpemente hasta ella sorteando las rocas. Las olas rompían contra nuestros pies envidiando a los truenos en una noche de tormenta. El agua salada salpicó mi camisa, pegándola contra mi cuerpo. Volví a maldecirla mientras procuraba no caer al vacío para poder alcanzarla. Ella rió. Alcancé a vislumbrar como daba media vuelta sobre sus talones con los brazos abiertos intentando abarcar un mundo demasiado grande para ella. Su delicado vestido ondeó al compás del viento, dejando entrever unas piernas difuminadas que me hubiera gustado contemplar. –¿¡Te has vuelto loca!? Llegué hasta ella hecho una fiera y la sujeté por ...

Un poco de paciencia, por favor.

El grifo de la bañera goteaba. Una y otra vez, sin descanso. Se hacía repetitivo, pero eso la relajaba como a una niña pequeña. Las gotas colisionaban contra el agua, fundiéndose con ella y aumentando levemente su volumen. Inspiró hondo. Cerró los ojos. Tragó saliva. Tanta angustia la estaba pudriendo por dentro, pero ya no importaba. Echó la cabeza hacia atrás mientras el tiempo parecía detenerse. O tal vez se hubiera detenido ya. Desvió la vista hacia sus muñecas, donde unos cortes liberaban parte de ella. Una parte que teñía el agua de carmín. No; el tiempo todavía no se había parado. El reloj seguía funcionando y su vida seguía siendo la misma. Esbozó una media sonrisa. Tenía que ser paciente. Su piel había adquirido ya el color blanquecino de la muerte. Sólo tenía que ser paciente. Para ver mis fotos, pincha  aquí.

Zeta.

Leía la contraportada del libro mordisqueándose el labio, debatiéndose entre comprarlo y quedarse sin almuerzo o dejarlo de nuevo en la estantería de la tienda. Miró a su alrededor, descendiendo de la nube en la que se encontraba. El mundo estaba cambiando. La gente no quería verlo, pero era así. Se escuchaba el murmullo de varios clientes, pero pronto quedaron relegados a un segundo plano cuando el eco de unos gritos atravesaron la cristalera de la tienda. Nicole se apresuró a observar a través del cristal, todavía con el libro entre las manos. Una aglomeración de personas corría en la misma dirección, sin control y afectadas por la histeria. Esquivaban los coches que se habían detenido en mitad de la calzada, colapsando el tráfico. Nicole notó su corazón bombeando bajo la fina capa de piel que lo cubría. Algo estaba sucediendo fuera. La gente trataba de guarecerse en los locales de las plantas bajas entre empujones y arremetidas. Una estampida. Varios de los clientes de ...

Frío.

Llevaba varias horas tumbada en la cama, encogida en posición fetal mientras abandonaba la noción del tiempo sin inmutarse. Inhalaba el oxígeno con desgana, expulsando el aliento a través de unos labios rotos. Permanecía con los ojos abiertos, clavados en un punto fijo de la pared. Se moría. El frío había anidado en su pecho como una enfermedad mortal, oprimiendo sus costillas con la maestría de una enredadera. Se alimentaba de ella como un parásito, habiendo llegado hasta su corazón en apenas pocos meses. Se sentó a su lado despacio, deformando el colchón bajo su peso. Recogió uno de los mechones que resbalaban por su rostro y se lo colocó detrás de la oreja, desprendiendo cierta calidez al rozarle la piel. Sin embargo, ella ignoró su presencia. –Estoy aquí –escuchó la voz dentro de su cabeza. –Vete –ordenó, apática. Pero lejos de obedecerla él se tumbó a su lado, observándola tranquilamente mientras ella permanecía inmóvil. –Vete –repitió. –Estoy aquí porque me has ...

No está mal.

El suelo de madera crujió tras ella, sobresaltándola de pronto mientras su corazón sufría un pequeño paro cardíaco. Dejó las cuchillas rápidamente sobre el aparador y se dio la vuelta en apenas una fracción de segundo, apretando la muñeca de plástico contra su pecho. La luz se filtraba torpemente a través de una ventana ennegrecida colocada sobre el techo a dos aguas, produciendo una iluminación tenue y amarillenta. La buhardilla apenas tenía muebles, ni decoración alguna. Únicamente destacaban en ella un sillón de cuero y el aparador que había detrás de ella, repleto de distintos utensilios propios de un barbero. –¿Qué haces aquí? –su voz sonó áspera e impersonal. La observó durante unos instantes, analizando la situación. Había visto como soltaba sus cuchillas cuando la había descubierto y ahora permanecía con la mirada clavada en sus pies descalzos. –¿Te has cortado? –la preocupación se apoderó su rostro, sacándolo del hieratismo que le caracterizaba. Avanzó hacia ella y ...