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Hombre-león.

Hombre-león era como un volcán; coloso y pétreo. Estaba formado por una ira ardiente, que desataba con una frecuencia asombrosa. Cuando esto sucedía, cuando entraba en erupción, sólo Niña-cierva era capaz de devolverle la quietud (a pesar de que en muchas ocasiones era ella misma quien desataba su cólera). Hombre-león era duro y seco, como la tierra tras lunas sin llover. Nadie poseía el valor necesario para adentrarse en sus dominios. Nadie, excepto Niña-cierva. Esa criatura frágil y torpe era la más valiente de todas. Pese a su avanzada edad, Hombre-león tenía las patas fuertes. Había aprendido a caminar en solitario, ahuyentando a todo aquél que pretendía hacerle sombra. La única presencia que toleraba era la de Niña-cierva, cuyo candor incuestionable le producía paz en el espíritu. Las malas intenciones no tenían cabida en ella, al contrario; su generosidad era abrumadora. Además, siempre andaba junto a él, calmando cada una de sus explosiones y regalándole una atención inmere...

Niña-cierva.

Niña-cierva era como un lago; tranquila y profunda. Albergaba oscuridad en su interior, frío y sed. Era un paraje moribundo, casi yermo. La noche más larga. El helor de la muerte. Niña-cierva era frágil y quebradiza, como la rama reseca de un matorral. Cualquier incauto podía fracturarla si no se andaba con ojo, por eso Hombre-león se esmeraba tanto en alejarla del mundo. Niña-cierva tenía alas, pero no sabía volar. ¿Cómo iba a saber si apenas había aprendido a caminar? Hombre-león siempre la ayudaba con el hocico cuando sus débiles patas la hacían caer al suelo. La levantaba con paciencia y se aseguraba de que ninguna pérfida sabandija interrumpiese su aprendizaje, espantando a los entrometidos con su mal genio. De ese modo, Niña-cierva estaba cuidada a todas horas, en un mar de algodones que la alejaban de la oscuridad. Niña-cierva se sentía a salvo cuando Hombre-león la vigilaba y disfrutaba enormemente de esa relación paternofilial que mantenía con él, pues veía verdadera de...

A veces el invierno.

—¿Sabes? A veces el invierno es un estado de ánimo. Le vi sonreír. Todavía no me acostumbraba a que sus labios se curvasen levemente en mi dirección. Me resultaba muy complicado creer que era la dueña de sus sonrisas, que me pertenecían. —¿Por qué dices eso? El sol empezaba a ponerse cuando me acarició el rostro. Algunos copos de nieve se me habían quedado colgando de diversos mechones del pelo, decorándolo como un árbol de Navidad. Me encogí de hombros al escuchar su pregunta. El frío me había enrojecido la piel. —Es así —murmuré. Una nube de vaho abandonó mis pulmones—. A veces las personas sufren un letargo indefinido. Duermen. O mueren, no sé. No son ellas. Tal vez necesitan el empujón de una tercera persona. O un pinchazo. O una bofetada, ya me entiendes. Algo que las despierte. Él volvió a sonreír. Sentí que la sangre se volvía más cálida debido a un efecto rebote. Era preocupante lo que me hacía sentir con una mera curvatura de sus labios. —Te entiendo —él también...

La hija del rey.

El caballero anónimo alzó la lanza cuando derribó a ser Willyn del corcel, mientras los vítores resonaban por el campo en una sinfonía irregular. Myranta tenía los ojos glaucos llenos de luz, sin salir de su asombro. Había oído tantas historias sobre ese caballero misterioso que ya era una leyenda en su corazón. No obstante, todas las habladurías habían resultado ser ciertas, pues no existía nadie capaz de derrotar a ser Willyn, el mejor caballero del reino. La joven permaneció en su sitio unos minutos más después de que su honorable vendedor abandonara el campo en dirección a su tienda. Nadie sabía su identidad, ni siquiera su propio escudero. Inspiró hondo antes de ponerse en pie y marcharse disimuladamente de allí con una excusa muy pobre. Tenía que hablar con él, hacerle partícipe de sus sentimientos, así que le siguió desde cierta distancia. Cuando le vio atravesar la lona de su tienda, aguardó. Los soldados de su padre pululaban por doquier, más todos parecían demasiado ocupad...

Costras.

La encontró aovillada en el sofá, envuelta en una de sus camisas, en bragas. Tenía el pelo igual de enmarañado que un nido y se mordía el labio sin ser consciente de ello, pues estaba tan concentrada en arrancarse las costras de las rodillas que ni siquiera reparó en su presencia. —¿Qué haces? No le escuchó, al contrario: hincó la uña en una dureza y la levantó de golpe. Dejó escapar un gemido. La gota de sangre descendió rápidamente por la tibia hasta alcanzar la superficie del pie. —Eh, eh. —Acudió a su lado y la sujetó por las muñecas al ver que continuaba hurgándose en el agujero—. Para. Para ya. Le miró como si le viese por primera vez, un tanto confusa. —Joder —masculló el hombre, levantándose con intención de ir en busca de un botiquín—. No te muevas. Y no se movió del sitio, pero en cuanto desapareció de su vista retomo la ardua labor de hurgar dentro de ella, arañándose la carne con la esperanza de sentir algo más que apatía. La ilustración me pertenece. NO la...

El costurero.

Enhebró la aguja, la hundió en su carne. Emmeline sintió una punzada de dolor entre los omóplatos, pero fue incapaz de moverse. Le miró de reojo a través de un velo de lágrimas mientras su captor seguía bordando su obra. —¿Sabes? —se inclinó hacia ella y, sin dejar de sonreír, le susurró al oído sus planes—: Vas a ser un cuadro precioso.

La Zona Siete: segunda parte.

Partió a altas horas de la noche, cuando la oscuridad lo cubría todo bajo un manto de nubes. Beth recogió sus escasas pertenencias y las guardó en su mochila antes de salir del refugio. Si había una posibilidad de sobrevivir lejos del alcance de las explosiones, estaba dispuesta a intentarlo. Anduvo por la ciudad con el corazón en un puño, pegada a las fachadas de los edificios que todavía permanecían en pie. Apenas lograba orientarse entre tanta penumbra, pero tenía miedo de encender el mechero y que aquello desvelase su posición. Entornó los ojos, tratando de ver el mapa en la oscuridad mientras seguía el camino que creía correcto. Estaba prácticamente segura de que la Zona Siete existía. Eran muchos quienes lo comentaban. Al principio no eran más que meras habladurías, pero los escasos refugiados que mantenían contacto con el exterior plantaron la simiente, que creció tan alto como una planta enredadera. Se detuvo en seco cuando escuchó el ruido de un helicóptero. Contuvo la ...